lunes, 8 de septiembre de 2008

Yo y otras muchas

CAMILA O´GORMAN: convergencia de sentimientos
La vida de Camila O´Gorman, una joven acomodada de la sociedad porteña en la época del Restaurador, estuvo fielmente atravesada por los sentidos, por los sentimientos, por el corazón.
Nació en 1828, en un Buenos Aires convulsionado por la lucha entre los rojos punzó y los azules. Todo, por esos años eran consolidaciones para concretar un intento de país.
Camila era hija de Don Adolfo O´Gorman y Joaquina Ximénes Pinto y por sobre todo, una típica transgresora para su época. Sus intereses superaban todo límite, toda regla. Era diferente al resto, incluso, totalmente adversa a sus hermanas mayores, Clara y Carmen que nunca sintieron gran aprecio por la menor. A la familia la completaba Eduardo cuya vocación fue siempre el sacerdocio, y Carlos, que dedicó su vida al campo y la familia.
Fue criada por Blanquita, la esclava negra de la familia, que la quiso desde el inicio, como si fuese más que su madre, su ángel de la guarda. Si algo caracterizaba a su relación era la mutua paciencia que ambas se profesaban. Por la otra, cada una padecía y soportaba cualquier sumisión sin siquiera alterarse[1]. Mi niña, así la llamaba la empleada, era todo para ella. Y se lo hacía saber: con palabras modestas y rudimentarias, con cariño, con devoción. Siempre pensando en sus necesidades, esperando sus acciones, siguiendo sus pasos.
La lectura era la pasión de Camila, lo que naturalmente influía en su pensamiento, por eso enseñaba a leer en la Iglesia del Socorro, no sólo como un acto caritativo sino como un acto pasional. Había en ella un vigente sentimiento de esperanza, que le daba a su cuerpo entero, un bello estado del ánimo por el cual se le presentaba posible todo lo que deseaba[2]. Y deseaba mucho, y deseaba bien, bien alto. Ella quería amar. Para la mujercita había miles de luces, al final de cualquier túnel, siempre había otras puertas que abrir, otros senderos que la conducían al bienestar.

Andaba por la vida llena de proyectos, fuerza y ganas de crecer y crear. Andaba por la vida, buscándole sentido. Al igual que Ladislao Gutierrez, un tucumano cuatro años mayor, proveniente de los federales hartos de riquezas. Era huérfano y su tío, tiempo después Gobernador de la provincia, había sido su único referente. Si algo lo caracterizaba, era su enorme tranquilidad, su andar pacífico, sosegado[3], como entregándose al mismísimo viento. Esta actitud la evidenciaba cada vez que con modestia proclamaba algún discurso, que miraba el río, el cielo. Fue sacerdote por mandato familiar, por imposición inconsciente y aceptada en silencio. También deseaba alto, su meta era conocer Buenos Aires.

Al unísono, las dos puras ambiciones, se cumplieron en simultáneo. El mismo día, un 30 de diciembre de 1844, Ladislao, conoció con sus ojos marrones, el Buenos Aires soñado, Camila, con sus ojos profundos, conoció el amor. Y ya nada fue siquiera parecido a lo que pudieron esbozar. Despertó en su pequeño cuerpo el sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro[4] y unión con otro ser, que atrae, da vida, energía, ganas de ser, de sentir.

La entrega fue total, porque, como supo decirle la abuela de la niña “nadie se enamora solo”. La anciana, Ana María Pericón, llamada “la sinrazón”, sólo vivió en medio de una fantasía poblada del mismísimo amor, fue extraditada de su nación por su relación con el Virrey, y cuando volvió, la recluyeron en un campo de La Matanza. Allí, en sus ratos de cordura era una, en sus ratos de demencia era una reina...allí, “donde el sol no llegaba”[5], Camila había pasado los momentos más hermosos de su brevísima existencia.

Después de ese día, después del encuentro furtivo y desafortunado, entre Camila y Ladislao, la convulsión de emociones se reiteró, de manera natural y catastrófica. Ella, imposible de contener sus impulsos, arrebató toda ley y premonición y le confesó a Gutierrez el amor que le tenía, la pasión que sus venas no dudaba en demostrar constantemente. Él, cargando con la culpa en su conciencia, con el temor de Dios a flor de piel, sabiendo de su majestuoso error, de su inevitable error, sólo se dejó guiar por la persona que más amaba.
Ella, puro coraje armada de un potente valor para afrontar toda situación, no dudó en proponerle que se escaparan juntos[6]. Asumiendo que su amor, era absolutamente inoportuno, asumiendo que su amor, era absolutamente incapaz de sucumbir, asumiendo que se amaban más que nunca, más que a nadie, emprendieron su viaje, en enero de 1848.

Cambiaron su nombre, su ropa, su vida. Dejaron grandes familias y poderosos intereses. Sabían que era un desafío pero con gran valor, confiados en que era la única forma de ser felices y plenos, de estar tranquilos y llenos de luz y esperanza, afrontaron todo obstáculo,
Pero las cosas, por esos años, no estaban nada calmas. Las turbulencias eran más concretas que su idilio. Y Rosas, considerando el escape como una burla terrible a su autoridad, se prometió el peor de los castigos, para quien fuera, entre tantas cosas, amiga de su hija Manuelita.

Uno de los testimonios de es de Juan M. Beruti, un testigo de época quien narra:
En el mes de Enero de 1848 / El cura de la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro de esta ciudad Presbítero [don] Uladislao Gutiérrez se desapareció abandonando el Curato y llevándose una niña [llamada doña] Camila O’Gorman hija de una familia de las mui desentes de esta Capital. / Sabido por el Gobernador pasó circulares á todos los gobiernos y demás autoridades de las Provincias, con las filiaciones de ambos prófugos, tratándolos de reos criminales, para que en donde fuesen conosidos los prendieran y remitieran asegurados á esta Ciudad / efectivamente en el Pueblo de Goya juridicción de Corrientes, fueron conocidos por el Juez de Paz, [quien] dio cuenta á su [Gobierno] de tenerlos asegurados; cuyo [Gobernador] los remitió presos á esta Capital. / El 16 de Agosto llegaron á esta Ciudad, donde quedaron presos en el Campamento de los Santos Lugares; [pero] sin mas trámites de justicia el 18 del mismo Agosto á las 10 del día fueron fusilados los dos de [orden] del Gobernador / El clérigo, hijo de la Ciudad de Tucumán fue fusilado en un banquillo; la niña en una silla de brazos en que fue conducida. / El clérigo su edad de 24 años, y ella de 20, siendo esta niña á mas de su tierna edad, mui hermosa de cara y de cuerpo, mui blanca y graciosa, de habilidad pues tocaba la guitarra y el piano [perfectamente] y cantaba, que embelesaba á los que la oyan, haviendo causado una sorpresa y [sentimiento] general á todos los havitantes de esta Ciudad estas muertes, por un delito, que no creen mereciera perder la vida, sino una reclusión por algún tiempo, para que purgasen el escándalo que havían dado por solo una pasión de Amor, que no ofendían á nadies sino asi propios; siendo lo mas sensible que estaba embarasada de ocho meses, se lo dijeron al Gobernador; [pero] este señor, sin reparar la inosente criatura que estaba en el bientre, sin esperar á que la madre pariese la mandó fusilar; caso nunca sucedido igual en Buenos Ayres, de manera que por matar á dos murieron tres. / El clérigo salio al cadalso asi muerto, ó muerto según dicen los que lo presenciaron; [pero] la niña con valor estraordinario, en que se manifestó muriendo como una heroína, (Beruti)

Ni una palabra más, ni una palabra menos. En Santos Lugares, dos corazones por última vez sintieron la respiración del otro. Murieron entre gritos, propios y ajenos. Pero murieron felices, porque murieron juntos.

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