domingo, 5 de octubre de 2008

DE TRAMAS SOMOS...







Los textos son tramas. Tramas de palabras que se imbrican en oraciones, oraciones que requieren de otras similares, para construir párrafos, y relatos. Y ¿Qué son los relatos, esos “innumerables relatos existentes”[1]?


Es que como usuarios de la lengua, como constructores de cultura, como seres humanos, necesitamos de la palabra, que nos hominiza y da existencia. Nuestra existencia sólo permanece vigente y permanente, porque somos capaces de introducirla -por medio de palabras- en “la linealidad del discurso”. Es cierto que se escribe para no olvidar, porque se escribe lo que no se quiere olvidar, lo que nos es interesante, trascendental o ineludible de recordar.


Todo el tiempo estamos relatando, “hablamos haciendo y haciéndonos, hacemos hablando y hablándonos”; dirá Albert Chillón. Somos discurso y acción. Somos simplemente, hombres, que en nuestro guaraní significa “sonido de pie”; y nos caracteriza por nuestra capacidad de alzar la palabra a su estatura plena.


Escuchamos relatos en la calle, en casa, en los medios, en aire, en el mundo. El mundo es, y otra vez, una trama de relatos, de relatos sobre el mundo mismo, sobre relatos hechos y construidos por otros, relatos usados, repetidos, que se re significan constantemente. El mundo es, lo que podemos percibir de él. Al igual que la realidad. Ese “pacto entre subjetividades”. Y si, esa realidad sobre la que hablamos y enunciamos, es pura construcción y pura palabra, cómo dudar de la afirmación de Chillón “toda dicción es ficción”. Cómo no asegurar que toda dicción es ficción, si en la misma dicción, el objeto es ardua ficción.


Cada uno, relata, narra, pone a funcionar sus capacidades cognitivas, comunicacionales y pragmáticas y sigue tramando, sigue obrando con las palabras como ladrillos de infinitas paredes polisémicas, plurívocas, polifuncionales. Y como no nos alcanza este universo de piel y hueso, de tierra y mar, al que “empalabramos”, inventamos otros.


No conforme con el planeta “de los átomos”, conjeturamos otros en nuestra imaginación y lo plasmamos a través del relato, muchos son el vivo reflejo de cuanto han imaginado miles de fieles que solo apuntan a evadirse de la cotidianeidad. Otros son más veridicentes, otros más fantásticos. Otros recorren trayectorias individuales, son testimoniales, otros revisten una corroboración documental (enunciados facticios de tenor testimonial y documental) y muchos otros en su ficcionalidad explícita, en su carácter fabulador, abren otras ventanas. Aquí nombraríamos a los enunciados ficticios de tenor realista, buscando “la verdad por medio del cultivo de la verosimilitud referencial” (cuentos, relatos, cine realista), o a los que nos remiten a realidades creadas, buscando “la verdad por el cultivo de la verosimilitud auto referencial” (relatos, mitos, fábulas). Y por supuesto, hechos de palabras, también podemos emplear ficciones para mentir, y engañar (discurso político)


Así, lo que llamamos, ese mundo, ese “conjunto de todas las cosas creadas”, según la definición del Diccionario de la Real Academia Española, es cada vez más amplio, más interminable, más habitable y habitado.


Somos palabras de pie, que hablamos y actuamos, y relatamos lo que hicimos, en este mundo empalabrado, para que duren para siempre, para que otras palabras de pie, discutan y debatan lo que emitimos, sigan empalabrando la Tierra, la historia.


Es que como dice Iván Almeida “si puedo contarme lo que perdido, he encontrado una forma distinta de poseerlo para siempre”. Como individuos melancólicos, prescindimos del otro, prescindimos de su palabra para que la nuestra tenga vida y “de vida a la vida”. Y necesitamos que no se pierdan, que no se las lleve el viento. Porque en ella están encerradas, todas nuestras acciones, nuestra experiencia, en su capacidad de reunir “memoria y expectativa”. Por medio del relato, el tiempo mismo es ambiguo y multiforme. Porque nos permite ser ahora, en este tiempo indefinido (pasado, presente y futuro), y recordar lo que fuimos (por el tiempo del relato, con un antes y un después).


Es que la magia del relato, reside en que no sólo podemos relatar lo que hicimos, sino lo que no pudimos, no quisimos, o no nos animamos a hacer. Es una apuesta al coraje simbólico. Puede ser de momentos, el retrato del superyó. Siempre es, en todo caso, una interpretación de lo que nos rodea. Una forma de llegar a comprenderlo.


Dirá Barthes que la función del relato, al cual accedemos a través de idas y venidas, de viajes, vueltas y volteretas, de ese requerido cojear estructural, no es representar, sino montar un espectáculo. Chillón disentirá en el primer aspecto, afirmando que no reproducen la realidad, sino que la representan. En todo caso, para el antecesor, es el lenguaje el hecho clave de todo relato. Para el que le sigue, que toda dicción es ficción.


Como seres subjetivos, estamos impregnados de palabras, que son nuestras sólo en el momento de la enunciación. Antes ya la dialogaron otros. Un poco después, la dialogarán los que nos siguen. Y así “como correas de transmisión de la historia” pasan las palabras, pasan los enunciados, pasan las acciones empalabradas, por nuestra vida, por la vida, por el mundo. Pero solo por medio del relato, hacemos que todo lo que hicimos, no se deshaga.


[1] Barthes, Roland. “Introducción al análisis estructural de los relatos”

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