miércoles, 3 de diciembre de 2008

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LOGO2.0 part II / Stabilo Boss on vi.sualize.us

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La evolución del hombre..descubrite!

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Interlink..-..-:)

Interlink Headline News 5055 del Martes 2 de Diciembre de 2008
Por Piscitellisin comentarios »
EDITORIAL EL PAIS QUE NO VEMOS. PUEBLO CASAS, ALVEAR, CAÑADA ROSQUIN Editorialista invitada Anaclara dallaValle inminente ayudante en la Siberia rosarina
Que la vida es un viaje, es tema viejo. Incluso que un viaje cambie tu vida. Pero para mí, cada viaje, me da vida u obliga a crear otras nuevas. Porque siempre es una instancia abierta, permitida y asegurada, de escritura. Este finde, con hermana a cuestas fuimos a ver a una de esas primas con las que nos vemos muy pero muy poco, pero con mucho mucho significado. Porque son esas familias que comparten el juego y las tortas fritas, y con las que puedo, casi como por arte de magia, quedarme, un rato sentada. Además, las tres horas en colectivo, en un Guemes ¿renovado? fueron el sustento de una actividad intensa y de captación permanente, donde debía dejar de leer para respirar de la escritura, que me obligaba a cometer sus crímenes de redención. Fuimos a Pueblo Casas, Alvear, Casas again y Cañada Rosquín. Allí, los muertos son noticias, y se reparte su retirada de estas tierras vía alto parlante, en un auto que gira y gira por las manzanas. Sabato (me) dijo que “a medida que nos acercamos a la muerte, también nos inclinamos más a la tierra”.
También fue mi duda, ¿si nunca estoy en la tierra, llegaré más despacio o menos preparada al último verano?
El viaje, entonces, fue semillero de ideas difusas, de nuevos cuestionamientos, de breves relatos.Lo primero, a la salida, un cuento de los que mastico en mi cabeza y, a modo de Steiner, no logro concretar. Pujato está lleno de Chiches. Mi vecino con el perro indomable que sabe que tiene, Chiche Cessetti, enamorado eterno de los mates con Ecilda, enamorada eterna del Chiche más suyo que de la calle. Chiche Jándiriz, Leporattí, ya difunto, Natali, Antinori y Gatti y “la” Bompadre, y “la” Marelli. Chiche mi bisabuela, quejosa de su salud perenne hasta el hartazgo, cansada de sus síntomas fantasmales inventados por el deseo inconciente, de ser al menos” la vieja enferma de la familia”.
Chiche el amor del planeta de mi abuela monumental. Es su historia, sangrante y resquebrajada en la que reside el enigma de mi propia historia. Yo sólo conocí sus ojos tímidos por fotos más añejas que su juventud congelada. “Él me dijo que estaba enfermo y que si le decía que NO, se mataba. Era la tercera mujer a la que se lo contaba. No iba a soportar, que lo vuelvan a abandonar. Y que querés que haga. Para mi la religión es todo, me ató. No podía dejarlo solo.” Fue el relato que más veces oí, estando ambas sentadas en su cama, una frente a la otra, a la hora de la siesta, u a cualquier hora de misterioso silencio, en una casa con paredes ruidosas. Mientras lo hacía, me adelantaba al fin, cuando con precisión brotaba la primera lluvia, de la piel aguada de la Piru. Y yo que pregunto ¿Por qué te quedaste, justo, justo con ese Chiche? ¿Por qué elegiste 9 años de padecimiento, de compañía compleja y 30 años de viudez? Ella, solo, simplemente se obnubila y nubla el espacio que nos separa, siempre por medio de algún mate como excusa y no termina nunca de contestarme. Sé que quiere que encuentre la respuesta y sé que esas sólo se encuentran en más preguntas.
Por amor, habrá querido decirme. O porque, como suele ocurrir, no puede explicar por qué lo quiso tanto, por eso lo quiere tanto. Entiendo la elucidación. Que es la misma que la mía. Y vuelve la duda de ¿cómo dos extraños y desconocidos y lejanos, llegan a quererse tanto? Pienso mientras miro a los que pasan, a los que se suben al micro azul y blanco, a los que se bajan en pueblos sin hermenéutica. A veces creo que el idilio más puro es el de los ancianos, que se miran (como los que percato, en otra de las tantas paradas) y con eso vuelven a encender un cariño de palabras blandas, donde hay eso que Nieztche escribió “el matrimonio, es una larga conversación”. Empiezo a comprender que mi abuela amó, porque pudo amar por medio de palabras, de lenguajes desubicados del mismo cuerpo, porque sólo necesitó imaginar su boca, y se quedó con el Chiche, en sus sueños. Ese el punto de encuentro, donde cobró razón un amor imbricado de espejos y ecos, un amor -lástima la rima- entre vivos, y muertos. Un sentimiento de vigilias, insomnios, de noches húmedas.
Después traigo hasta la hoja, la pasión de mis padres, que de tan perfecto, se me vuelve un modelo imposible de imitar. Después el cariño entre hermanos, “amor de meta inhibida”, precisó Freud. Vi a dos, uno un poquito mayor, tapando a la más niña, que dormía en un asiento, igual al nuestro, abullonado y oloroso. Lo hizo con afán de protegerla y sintiendo que la vida, le daba la remota posibilidad y gracia, de ser por un minuto, “gente grande”. Qué paradójica existencia, añorar la grandeza, de niños, y la infancia, de adultos, sin darnos cuenta, que ni la grandeza ni la infancia se definen por edad, sino por estados. “Estados del alma”, supo consignar una madre con su pañuelo blanco.
Tal vez el cuestionamiento constante de cómo se quieren, durante tanto tiempo, reside en el mismísimo deseo de amar con plenitud y permanencia a algún ser y estar completa. Creo, igual, que sólo puedo amar, a quien he leído. Viajo, mientras leo “Antes del fin” y me enorgullece la alegría de coincidir con la recurrente melancolía del escritor, con las manifestaciones surrealistas en la vida cotidiana, que liberan y redimen, con los hábitos sublimadores del arte y la poesía, con la imposibilidad de no contactarme con miles de personas, con las ganas de definir un destino alejado de fábulas y fórmulas simples y logarítmicas. Con la necesidad de comprender perdidas metáforas de la cruel realidad literaria. Eso tranquilizó mi hambre, en este viaje de vuelta.
Después, la catarata de siempre. Satisfacción por haber escrito, leyendo, que es la mayor de mis gracias. Ganas de ver y besar (lo). De decir la verdad, de encontrar todas las verdades y desperdigarlas en cada vértice. Ganas abismales de escribir textos intensos que asfixien y agoten, agobiando de sensaciones. Felicidad por las frases “de un sueño se puede decir cualquier cosa, menos que es una mentira” y “el destino siempre nos conduce a lo que teníamos que ser” (o al suicidio, agrego). Ganas de que se juegue la vida por una de mis sonrisas y de tener que devolverle el gesto con mil gestos más profundos y más ciertos. Ganas de ser un “cadáver exquisito”, de saber, si sufre más el que sufre o el que ve sufrir, a quien ama.
Ganas de descifrar si toda la vida es un exilio, si las lluvias que se implantan en la ventana, son como dice Ana Laura, analogías de seres humanos. Entre tanta farándula, todo lo que repite melancolías. El preso y el adolescente, que miran su espera. El ahorcado, en su último parpadeo, el monumento del Gauchito Gil, al costado de la ruta, algo que muchos hicieron que sea, y ahí dejaron. Las puertas oxidadas, las paredes hinchadas de humedad, las escaleras en la casa de un anciano que no lee, los bastidores de la estación de servicio de un tal Ibarlucea, la calle mojada, los pies desnudos que se apoyan en ella, los recuerdos de las vacaciones del 64 o del 87. Ganas de tantas cosas. Otra vez, la catarata, la inundación. Asumir el resguardo de la ficción y que si intentamos escribir es por no aceptar lo visible o por creer en que la condición humana, al menos, emerge a través de letras, que solo son junto a otras. Leer hasta que haya luz o no haya sueño. Corroborar que hace rato, que la espera no me desespera, porque siempre me da espacio, para dibujar palabreríos que me acerquen a “lo Absoluto”, para escribir y observar, algo que debe ser observado para ser escrito. Volver a verificar que tengo una marca, una obsesión con los bordes, sobre todo con los de las pizzas y de los libros, que jamás quedan vacíos. Y en mis manos, otra huella mía, están llenas de tinta y hacen que brote el incomprensible enigma de cómo pasan, tan rápido, las hojas que voy consumiendo. Ganas de añorar futuras primaveras parisinas, incumplidas o no, pero hechas a base de fantasías. Y recuerdo a Cornelius Castoriadis, “Lo propio del hombre no es la lógica sino la imaginación. En él predomina el placer representativo sobre el placer de órgano”. Entonces, nuevamente, aplaco mi hambre de mundo.
Un pueblo antes de Pujato, cebo unos mates espantosos a mi hermana, que durmió buena parte del recorrido, haciendo eficiente el “carpe diem”. Con la promesa de volver adonde fuimos, con la promesa asegurada, de planificar la visita, con la promesa de regresar, para traer más preguntas, nos pegamos la vuelta. El cielo se caía en tormentas.
Entendí parte de lo del Chiche. Entendí cuánto hace un viaje, mínimo, máximo. Y volví con otro miedo. No entender lo que escribí con mi letra de crisis y que lo que termine diciendo, sea siempre menos, de lo que quiero decir.

Comentario: Educación abierta y digital: ¿Hacia una identidad edupunk? De JUAN FREIRE

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)el nombre es arquetipo de la cosa en las letras de 'rosa' está la rosa y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.
Y, hecho de consonantes y vocales,habrá un terrible Nombre, que la esenciacifre de Dios y que la Omnipotenciaguarde en letras y sílabas cabales.”
Pudo haberlo dicho otro, pero lo dijo él. Borges, en “El Golem”, postuló lo que sabemos de nacimiento: con el nombre se nos define como tal o cual. Así, con la instauración de un neologismo: "edupunk", se le dio nombre “al fantasma”, se lo nominó, se le dio, no vida, pero sí esa inexcusable identidad. Habrá que averiguar si es combativa, como el punk en sus orígenes, pero su nombramiento es algo más que sustancial. Nuevos caminos, formas innovadoras y transgresoras de construir conocimiento, de aprender y enseñar, de llegar al otro, de enfrentarse a vastos retos: por un lado, la educación; por otro lado, la adaptación de las nuevas tecnologías y sus “ultraarchipositivos” beneficios a ese proceso más que complejo y trascendental, y finalmente, el desafío de defender esta postura ante miles de seres temerosos de su verdadera utilidad.
Una vez más, todo cambio tecnológico supone un cambio cultural, un cambio en los hábitos, en las costumbres, en el modo de ver y realizar las más variadas acciones. Por eso Juan Freire postula que con edupunk no se trata de enfrentarse a un reto tecnológico sino a un cambio cultural en el que la tecnología actúa como facilitadora, al tiempo que permite “independizarse de las estructuras organizativas convencionales (que en muchas ocasiones actúan como barreras para la colaboración)”. Es preciso, de todas formas, destacar que toda variación es efectiva y sana si supone una evolución, si implica una ruptura con los frenos que imposibilitan el desarrollo de las fuerzas productivas.
Numerosas definiciones rondan alrededor del concepto, postulado el 25 de mayo por Jim Groom, especialista en tecnología educativa y profesor de la University of Mary Washington, en su The Glass Bees. En el intento de definirlo, hay ciertas variaciones, pero numerosos teóricos coinciden que en realidad es “una forma de entender la educación y el aprendizaje radicalmente diferente del modelo convencional, y unas comunidades de prácticas empoderadas gracias a la irrupción de la tecnología digital” . Es una aproximación a las prácticas de la enseñanza y el aprendizaje basada en una actitud do it yourself (DIY: “hágalo usted mismo”), centrada en el estudiante, creada por los profesores o por la comunidad y no por una corporación (Leslie Madsen Brooks, en BlogHer), y lo que creo notable “un aprendizaje que se inicia con los intereses del que aprende –y los hace relevantes en la edad digital en la que vivimos”.
Entonces, es necesario que se que conciba al cambio no como una cuestión de la tecnología, sino de las personas, como cita Freire. Ahí está la cuestión; la revolución se da de manos de un grupo de personas, tal vez vanguardistas (avant garde) que rompen los esquemas propuestos, imperantes -con determinadas nociones un tanto estáticas-, para avanzar, para promover otras formas de pensamiento y, por sobre todo, de acción.
Por eso la tecnología no es la promotora del avance, sino la facilitadora, y Groom apuesta a ello. Los hacedores del cambio son las personas, más que seguro, empeñadas en pensar más y mejor, en pensar de forma criteriosa y constante y, quizás, pensar más rápidamente y en conjunto, en comunidad, de modo colectivo. Es decir, la tecnología solo será útil si la hacen útil, es decir traerá o producirá provecho, comodidad, fruto o interés, servirá, si hay personas que buscan provecho, comodidad, algún fruto o interés en ella. Si algo se ha creado ha sido –casi con seguridad- para mejorar lo existente. Pero si eso creado no se emplea para mejorar lo que somos, difícilmente, sea productivo.
Es probable que este mecanismo sea atacado por diversos motivos: el hecho de su gratuidad pone en cuestión a ciertas empresas privadas con programas educativos afines, o porque implica un compromiso personal, de motivación propia, individual, y porque cada uno “debe hacerse”. Creo que se trata de un contundente desafío al conocimiento y al saber, a su inmensidad y posibilidad de alcance, porque el eje es el estudiante, el centro de su propia formación que será “independiente y flexible”, ya que el mismo tendrá que “gestionar su propio aprendizaje, generalmente con ayuda de tutores externos".
O sea, ahora aprender será algo más que adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia; ahora habrá que conectar ideas, construir significados, ampliar los existentes, los ya instalados en nuestros esquemas cognoscitivos, en nuestro conocimiento de mundo, el cual no será nunca más suficiente, nunca más apocopado, comenzará a existir otro mundo posible. Nuestra mente deberá poner en juego algo más que la memoria para acrecentar sus sinapsis: la tecnología se ofrece como agente multiplicador de archivos, de saberes.
Con herramientas precisas, surgidas para la Web 2.0 –como blogs, wikis y redes sociales, el campo semántico, las redes conceptuales– las nociones alcanzables se ensanchan increíblemente. Aquí, según Groom, son “las personas y sus redes el centro del proceso de aprendizaje y la base de la innovación y no la tecnología por sí misma”. Requiere, en tanto, de la colaboración de los estudiantes, de su constante contacto, de recuperar la interacción para un fin común, de promover la curiosidad; reivindica la comunicación, la autonomía, al aprendizaje informal, y adaptado a las necesidades singulares, “el enfoque orientado a la acción, es decir, aprender algo haciéndolo, de cada uno”, el involucrarse y participar, comprometerse (algo más que evadido en estas épocas de posmodernidad).
“La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres le teme tanto”, postuló George Bernard Shaw, y como “estamos condenados a ser libres”, según dijo Sartre, pasa por una decisión e iniciativa personal qué hacemos con lo que nos ofrece la tecnología. Al fin y al cabo, se trata de una apertura a la diversidad y a la multitud, instaurada en la base de un conocimiento, no solo cuantitativo, sino cualitativo. En base a estrategias selectivas, el aprendizaje puede ser alcanzado de una manera más que novedosa, y sobre todo diferente. Edupunk requiere un alto grado de discernimiento y responsabilidad, basados en la actitud do it yourself; potencia una alternativa, probablemente hacia el progreso, el crecimiento y el desarrollo por vías poco convencionales, y deja de manifiesto cómo, a pesar de los avances tecnológicos, inconmensurables en este siglo, la palabra final la siguen teniendo las personas. Vale aclarar: de carne y hueso...
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