lunes, 26 de enero de 2009

Memorias de lectura, de mi lectura:)

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito,
a mí me enorgullecen !as que he leído”
Jorge Luis Borges

En casa somos muchos, siempre fuimos muchos, somos muchos desde siempre. Pero ahora, justo ahora, me quedé sola, en silencio, un silencio de falsa conciencia, porque todavía no atino a encontrarlo.
Y de repente, se llenan las sombras, se llena el espacio entre mis ojos, mi vulnerable corazón y la boca, las espaldas y mis manos. Se llena el vacío, el abismo, el otoño. Aparece la lectura en mi vida, aparece el libro,
mi esencia, mi evasión,
mi reconocimiento de humanidad y perdón, de beneficio, benevolencia y pasión. (me permito la rima, que suelo esquivar, porque éstas palabras, -y de nuevo surge - no las puedo evitar)
Y aparecen, ineludiblemente, todas y cada una de esas voces que fueron haciéndome, así de ana, de clara. Y todos esos escritores deseosos de mundo, que estaban ahí al alcance de mi voracidad. Los libros fueron mis primeros juguetes, mis primeros cómplices, de esos devotos e inseparables, mis primeros túneles, y al final, mis primeros verdaderos universos. A ellos les debo todo, les debo mucho, a ellos me debo.
Porque como es natural, la cuestión de la lectura, resultó ser, todo un proceso. De chica, estaban los libros libres, así, deambulando en casa, de una cama a otra, de un mayor a otro. “Los roperos están llenos de libros, y las sillas llenas de ropa”; repitió durante años mi papá, el incansable. Con el tiempo los fui apresando, fui eligiendo, qué leer, qué no, hasta qué hora, en qué lugar, a quién. Y terminé haciendo lo inevitable: leyendo María Elena Walsh, Ana Frank, Neruda, Storni, Bécquer, Abelardo Castillo, Poe, Borges, Walt Whitman, Cortázar. Descartando a algunos terapeutas, psicólogos, videntes. Terminé leyendo hasta las tres de la mañana, a la hora de la siesta (nunca la dormí, y eso que en mi Pujato, es sagrada), al mediodía, a la tardecita, a la medianoche. Terminé leyendo en el patio, sobre el árbol de mandarinas, al lado del río solemne, en el baño, en el colectivo, en el viento, a muchos. Y así los libros fueron haciéndose mi todo.
No hay placer más grande, para mí, que inmiscuirme en cualquier recoveco con resabio a biblioteca, y perderme, perder mis horarios, mi terrenalidad, mi ansiedad de estar siempre, en varios lados. Lo hago desde siempre, desde chica por imitación. Ya de adolescente, por mera elección. No hay placer mas puro, que tener un libro, uno viejo, uno recién nacido, uno todo escrito, en mis manos. Indefenso, poderoso, grande.
No puedo evadir el recuerdo de mi primer antología de poemas: una de Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti. La tapa naranja, blanca, llenos de dibujos que aún me resultan extraños. ¿Cómo olvidar?

“El lagarto está llorando.
la lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran,
¡ay! ¡ay! cómo están llorando!”

...Jamás pude borrar, esos versos de mí.
Más tarde llegó “El principito”, que leí vaya a saber cuántas veces, “Crónica de una muerte anunciada”, “Pedro Páramo” y el bendito “Aleph” que vino a inaugurar una nueva etapa de mi existencia...como lo hicieron otros tantos autores memorables.
Pero si antes de morirme, el de arriba me permite elegir un libro, uno sólo, para hacer “mi cielo argentino”; me traslado con el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha a cuestas, me llevo a Sancho, me imagino siendo Dulcinea, movilizo a los reyes y a cuanto caballero quiera. Me llevo su mundo, que es el mío mientras leo. Me llevo su orgullo de ser tan simple, tan transparente, tan humanamente permeable y perfecto. Me llevo toda su sangre. Porque creo que la verdadera muerte, es la muerte de las ideas, de las locuras literarias, de las palabras que sanan, santifican, “dan vida” . Porque sé que Alonso Quijano murió cuando dejó de creerse caballero, cuando todo se le tornó demasiado lógico, demasiado frío, demasiado real. Cuando los libros se evaporaron, él perdió su esencia. Esencia que es también la mía. Y de otros tantos provocadores de molinos de viento. Sólo de esa forma, sólo con ese libro, que es MI libro, cualquier paraíso, es bienvenido.

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