lunes, 26 de enero de 2009

REMINISCENCIA

1° Premio en el V Concurso Nacional De Narrativa Escolar 2005
II Concurso Latinoamericano De Narrativa Escolar 2005
“El cuento de mi pueblo” – Huancayo, Perú




Ana, sentada en la punta del libro puede ver, sentir y oír muchas cosas. Y muchas más cuando piensa en Pujato, “su lugar en el mundo”, como dice un no tan conocido libro.
Ella está ahí, preparada para contar la historia y mostrar cómo está, no sólo en la punta de un libro, sino también en la de una canción, o de un remolino de musas enfermas, de locuras. Porque cree y crea, y eso la hace lo suficientemente libre para volar en pleno invierno, y en pleno desierto, y en plena guerra.
Está ahí. Sigue sentada, contemplando la imagen sepia del pueblo que la vio crecer, o llorar o reír. Al fin y al cabo, que la vio y vio a su madre, a su padre y a su abuela. Y vio a todos. Y a todos los que se fueron muriendo. Inevitablemente. Y sin permiso.
Se murió la abuela de Lucía, la madre de Joaquín y el perro de Juan. Todos habían llegado al mundo un triste día lunes. Empecinados en gritar de ganas y euforia, enloquecieron las bocas de quienes los esperaban. O no.
El perro de Juan sabía desde siempre cómo sería su historia. Huracán de rabia y mordidas de por medio, viviría su vida con quien lame un hueso prestado. Arrebataría camas y lonas, mordería pantalones y rasguñaría tobillos. De todos modos, se fue muriendo. Era inevitable.
La madre de Joaquín pudo soñar alguna noche, sólo alguna vez. Y entonces soñó ser distinta, mujer distinguida, señora intelectual y magnánime, dama de la alta sociedad, con mucama, chofer y personal training. Soñó sólo una noche. Las demás dormiría sólo a ratos, a cuentas, a ultranzas. A destajo, entre las sucias caricias de quienes pagaban por ella. También se fue muriendo, anquilosando al hijo martirio y también, tristemente.
La abuela de Lucía había vivido tamito tiempo que ya o recordaba cuándo, cómo o por qué había nacido. A veces se le escapaban algunas versiones mustias de alguna tierra olvidada. Seguramente la saltarina Italia la hubiera protegido en sus relatos negros de algunos hombres necios que no la recompensarían. Podría haber sido papá, el abuelo o su propio Julio. Nunca lo sabremos con exactitud. La abuela urdía tramas ricas en su media lengua, saboreaba el tiempo en tejidos inservibles y miradas al mundo de los muertos. A veces deletreaba algún programa, a veces alguna charla, a veces nada de nada. Y así se fue muriendo.
Ana sola sigue e la punta del libro para ver cómo las letras de su rutina amarga se disfrazan, y cómo su lugar en el mundo es siervo del perdón, de algún dios olvidado y del cuadrado de su nube nublada.
Y es su Pujato, su Pujato frío o templado quien la observa, ahora, con ojos pardos que lee sus tangos, quien está y sigue estando, para contemplarla y es contemplado.


ANACLARA DALLA VALLE
2005

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